Todo es culpa de la torre, de la hijaputa de la torre. Ahora que me he convertido en un satelite que gravita en torno a tí, solo me queda escupir los restos de la última copa de veneno destilado en el campo de Marte que me serví a tu salud, pisar con rabia hasta hacer un agujero en el suelo, maldecirte en chadiano y despellejarme viva.
Asi que aquí tienes.
El trozo de piel que me pediste.
( a tu salud)
Dejando que el tiempo se me escurra entre los dedos, unos días identicos a otros y mis mentiras parecidas. La diferencia es que las mentiras de ahora duelen, se agarran al pecho como garrapatas mientras yo sujeto los bordes abiertos de mi caja torácica en expansión para evitar descomponerme del todo. Mientras tanto, mi universo se desmorona, todo lo que fui ya no vale, mis heridas supuran con fuerza nueva. Pústulas abiertas y rezumantes de todas las cosas preciosas que podría tener… si quisiera otra cosa que no fuera este inmovilismo.
La ansiedad es adictiva.
Sí, es adictiva.
A veces haces limpieza y de los cajones salen cosas traicioneras.
Hoy, después de tres meses tropezando con un excendete de libros por las inmediaciones de mi cuarto, por fín me he sentido con ganas de poner orden en el desorden y cada cosa en su lugar. Dos bolsas de basura y tres horas de devaneos ( del tipo ¿ esta postalfree del año 2001 que nunca usaré para nada y que ni siquiera recordaba que guardaba debería tirarla o conservarla? ) después, de la esquina más recondita del cajón han aflorado tres cartas.
Eran tres cartas de amor, de distintos tipos de amor, pero de amor al fín y al cabo. Las he leído por orden de recepción – octubre de 2005, noviembre de 2005, julio de 2006, y…
…la primera venía de Italia. Una carta que alguien me escribió un día que andaba cortando cebollas para un guiso de lentejas- qué él sabe que es el único plato que detesto con un poquito de pasión- y en la que después de parrafos de ponerme al día de cómo iban las cosas en Comala -porque al lugar dónde has sido feliz, no debieras tratar de volver- me pedía perdón por un error común, que en realidad no fue ni tan erróneo, ni tan funesto, ni tan poco compartido cómo luego demostró el tiempo.
” Y vos, todo un tema sos, ché. Afortunadamente, no encuentro nada en este asunto que me haga sentir mal. Fue un embole despedirse así, fue una mierda. Espero ( quiero) ir por eso, payos de nuevo, reencontrarnos y ver quienes somos”
Y ha pasado el tiempo, y nos reencontramos, y vimos quienes eramos, y fue hermoso volver a verse.
… la segunda venía de la selva. Era una carta escasa y acalorada, que quería decir muchas cosas, pero decía solo las necesarias. Una carta atemporal y simétrica que no pude leer con claridad el día llegó, que me revolvió entera por dentro, y que solo hoy, tres años después de recibirla, he llegado a comprender completamente.
” Nunca pensé encontrarte tan lejos, estar cerca en la distacia, lejos en la cercanía. Tus manos ciegas me han herido, no porque esa fuera su intención, sino porque han abierto mis ojos y lo que veo son recuerdos, y lo que recuerdo me hiere. No por tí; por mí. Porque quise no ver, fui un arrogante y ahora mi castigo es ver lo que no veía. Ahora quisiera estar frente a frente para que tus manos ciegas vean mis ojos despiertos y tus oídos oigan mis palabras tristes. Mi esperanza es que llegue esto a tu costa, que así como llegaste a mí sin llegar, llegue yo después de un naufragio. Porque fuiste el más bello de los naufragios, aún en la distancia.”
Y después de esta carta de cosas que nunca dijimos, la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Hubo un reencuentro, se saldaron cuentas, aprobamos asignaturas pendientes, y la vida siguió siguiendo, hasta un reencuentro más, inesperado y demasiado corto para ambos. Pero las heridas ya estaban curadas, muertas y enterradas, y otra vez fue hermoso volver a verse.
… la tercera tría olor a pan, y venía de la cintura cósmica del sur. Una carta de amor sincero, el más sincero de los tres seguramente, ese que no se empaña porque no se mancha ni se desgasta de usarlo. Una carta que traía truenos y malas noticias, y la esperanza de un reencuetro próximo que hasta la fecha no ha tenido lugar.
” ¿ A qué no sabías que el día que llegó tu sobre se puso a tronar como pocas veces en el hemisferio sur? ¿Qué mierda pasa que justo cuando leo la dedicatoria de tu libro se pone a tronar? Gracias por mantener latente ese soñar, no solo con tu existencia, sino ahora con tu presencia”.
Los malos augurios que traía esta última carta se cumplieron a principios de este año, y me enteré tarde y mal de que un amigo sufría en la otra punta del mundo la perdida de un ser querido. Por haber sido esta la última de las tres cartas que me han asaltado hoy como ladrones, mantengo la esperanza de que ese reencuentro tan sanador tendrá lugar más tarde que pronto.
Ha sido extraño, porque no las he leído con dolor ni con nostalgia, sino más bien con sorpresa. Hay veces en la vida en las que piensas que vas a morir de dolor, que el sufrimiento no puede ser peor, que estás al borde del colapso… pero aguantas. Aguantas y las cosas pasan, las heridas curan, llegan nuevas personas para rellenar viejos huecos, o personas viejas a rellenar huecos nuevos, le das una forma distinta a tu vida y sobrevives, te enamoras de nuevo y te entregas con la misma intensidad con la que te entregaste a cosas que en un momento de tu vida pensabas que te matarían.
Leyendo estas cartas, meláncolicas, arrepentidas, tristes, pero a la vez esperanzadoras, solo puedo acordarme de los buenos momentos que viví con sus autores, lo mucho que les quise y que aún les quiero y lo muchísimo que les he echado en falta. A cada uno a su manera, con distintos tipos de nostalgia que ahora es para los tres la misma.
Pero nostalgia al fin y al cabo…
Cuando me preguntan que estudio, las reacciones de los encuestadores pueden resumirse en los siguientes grupos:
1) Los que dicen: ¡Qué interesante!
2) Los que dicen : ¿Qué interesante?
3) Los que dicen: ¿¡Qué difícil?! ( sin estar muy seguros de por cual de los signos de interjección decantarse)
4) Los que dicen: ah.. y eso, ¿por qué?
La cuarta es siempre la más difícil de contestar. Como la primera entrada
La primera entrada es siempre la más difícil, y este no sería el primer blog que abandono.
Así que procuraré no precipitarme, intentaré empezar por el principio. Que venga primero el estupor, y después los temblores.
Bienvenidos.